La Naranja Mecanica : La Pelicula que Castiga de Stanley Kubrick.



Hay películas que, hoy por hoy, independientemente de cómo las juzguemos, están por encima del bien y del mal, importa poco que gusten o no. Son ya míticas. Constituyen en sí mismas un universo propio, tienen su mitología particular, una iconografía reconocible en todas partes y venerada por muchos. La naranja mecánica es uno de los mejores ejemplos que se me ocurren. Paradigma del tipo de film que amas u odias (como casi toda la filmografía de Stanley Kubrick), sus valores cinematográficos han sido en la actualidad injustamente relegados, si no olvidados, en favor de la mitología que ha generado. Algunas de sus imágenes forman parte del imaginario colectivo de varias generaciones, y dudo que haya una persona en este mundo que no sepa reconocer de dónde proviene el típico atuendo blanco, el bastón, el bombín negro, y las pestañas postizas que haya podido ver en los montones de homenajes que se le han hecho a la película (a Los Simpson me remito). Pero por encima de todo eso, La naranja mecánica es un películón, una obra maestra bestial, impactante y arrolladora. 

¿El mejor film de Kubrick? Difícil pregunta. Cada uno que responda lo que quiera. Y es que aunque sólo dirigió doce largometrajes en más de cuarenta años de carrera, no nos lo pone nada fácil. En 1971 ya era todo un nombre en el mundo del cine, desde que en 1955 apuntara maneras en el cine negro con Atraco perfecto (origen del Reservoir Dogs de Tarantino), para despuntar definitivamente en 1957 al dirigir la mejor película antibélica de la historia, Senderos de gloria. Luego llenó de violencia y realismo el cine de romanos con Espartaco (1960), se atrevió con la adaptación de una novela prohibida, Lolita (1962), demostró que la mejor manera de enfrentarse a la guerra fría era burlándose de ella con ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (1964), y reinventó la ciencia-ficción, llevándola a una madurez nunca superada, con 2001. Una odisea del espacio (1968). Siempre un director polémico, siempre audaz, odiado y amado a partes iguales, todavía sorprendió más al estrenar La naranja mecánica, que escandalizó en todo el mundo (en España no se estrenó hasta 1975). Después nos legaría Barry Lyndon (1975), su última obra maestra, El resplandor (1980), La chaqueta metálica (1987), y, póstumamente, Eyes wide shut (1999). Pero quizá nos podamos atrever a señalar La naranja mecánica como su, si no mejor film, su trabajo más representativo, ya que reúne en él las constantes de la filmografía del director, como puedan ser la originalidad, el riesgo, la polémica. Y todo ello con la marca de la casa, el sello Kubrick: imágenes impactantes, largos planos-secuencia, visión explícita de la violencia y el sexo, y un uso exquisito, soberbio, de la música. 


 
Es lo que tienen las películas de autor, que al hablar de ellas se centra uno casi exclusivamente en su director, porque es el alma del film. Así, cada logro, cada maravilla que se esconde en La naranja mecánica es fruto, directa o indirectamente, del genio de Stanley Kubrick, un director sin el cual prácticamente sería imposible entender el cine moderno (a él remiten constantemente autores como TarantinoDanny BoyleAlejandro Amenábar). Y en esta película está en especial estado de gracia, ya desde el mismo comienzo, con el impactante primer plano de Alex, el “chavalko” protagonista y narrador de la historia (interpretado, sin duda en el papel de su extraña carrera, por Malcolm McDowell, uno de mis actores favoritos, desgraciadamente malogrado, y cuya otra gran interpretación está en ese film pseudopornográfico que es Calígula de Tinto Brass; afortunadamente, McDowell ha sido recuperado recientemente en la estupenda serie Héroes, demostrando el gran actor que ha sido siempre), mirando a cámara, la sonrisa de loco en el rostro, para luego hacer un lento zoom hacia atrás, y mostrarnos toda la estancia, de un futurismo malsano, grotesco. Le bastan a Kubrick quince minutos para entregarnos el tono del film, oscuro (la pelea entre pandillas en mitad de la noche, el mundo sin ley ni orden), violento (la paliza que Alex y sus “drugos” propinan a un viejo vagabundo), y no obstante, hermoso (la mítica escena a orillas del río, donde Alex se enfrenta a dos de sus “drugos”, a cámara lenta y con Beethoven de fondo).

Hay escenas realmente estremecedoras, como el asalto a una casa donde Alex y los suyos violan a la mujer de un escritor, o el asesinato de la mujer de los gatos con una polla gigante (…). A los cuarenta minutos, el film cambia drásticamente. Alex es encarcelado y sometido al llamado Tratamiento Ludovico, con el que el gobierno pretende erradicar la violencia. Llegamos así a otra escena muy recordada e imitada, el visionado al que someten a Alex de varias películas cargadas de violencia, y de documentales nazis (probablemente El triunfo de la voluntad, de Leni Riefensthal), para luego hacer una demostración de que Alex ha sido “curado” frente a la violencia y el sexo. Pero cuando Alex vuelve y es puesto en libertad será incapaz de defenderse de una realidad marcada por la violencia y la insolidaridad. Así, será sometido a todo tipo de vejaciones por el vagabundo anciano, sus antiguos amigos, sus propios padres, o el escritor cuya mujer violó dos años antes. Incapaz ahora de poder escuchar a Beethoven, decide suicidarse. Pero el gobierno lo necesita vivo de cara a las elecciones, como prueba de que el Tratamiento Ludovico funciona. Así será la nueva vida de Alex, una marioneta en manos de los políticos. Hay de todo, pues, en el film de Kubrick: sátira política, metáfora del mundo en el que vivimos, y todo narrado, por extraño que parezca, con fina ironía, e incluso humor (el menage a trois de Alex con dos chicas, a cámara rápida; sus padres con su nuevo hijo; el guardia de la prisión, de ridículo parecido con Hitler), en esta gran tragicomedia futurista (género que me invento yo y el único en que incluiría el film) que versa sobre la violencia y, por ende, sobre el hombre, cómo la violencia es algo intrínseco e inseparable a nosotros. 


Pero sería injusto no mencionar a los otros responsables de que La naranja mecánica sea la gran película que es, dado que todos sus apartados son perfectos: la interpretación (llena de desconocidos, pero donde destaco junto a McDowell a Patrick Magee como el escritor y a Anthony Sharp como el Ministro, así como mencionaros que figura un tal David Prowse, que seis años después se convertiría en la figura de… Darth Vader); la fotografía de John Alcott, colorida, seca, contundente; el diseño de producción de John Barry (impresionantes los decorados); y la música electrónica de Walter Carlos, que acompaña a los temas de Beethoven, Rossini o la famosa “Singin´ in the rain” (que McDowell canta con desparpajo mientras viola a la mujer del escritor, en otra escena que pone los pelos de punta).
Una anécdota. Muchos se hanpreguntado por el extraño título del film, La naranja mecánica.Pues se lo debemos al editor de Anthony Burgess, que al recibir el manuscrito leyó “A clockwork orang”. “Orang”,en el lenguaje inventado por Burgess, significa hombre. Así, el título era “Un hombre mecánico”, refiriéndose a lo que se convierte Alex después del tratamiento, un hombre sin sentimientos. Creyendo el editor que había una errata en la que había desaparecido la e de “orange” (naranja), publicó el libro con el título hoy conocido por todos. Una casualidad que da nombre a una de las mejores películas de la historia. 
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Anónimo
11 mar. 2013 12:54:00

No la pude ver. Imposible acceder.

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